La sexualidad y el amor como defensa ante lo real – Tiresias

La sexualidad y el amor como defensa ante lo real

Para el psicoanálisis el sexo es una de las localizaciones clásicas de lo Real. En el sexo el cuerpo se ve afectado de un modo irreversible, innegable y, hasta cierto punto incontrolable. El sexo “expone” al ser humano a la urgencia del deseo sexual, al exceso del goce sexual y al enigma de la procreación. Ante la brecha que implican estos hechos, como nos dice Lacan en el Seminario 20 (p.146),  el ser hablante se pone a sublimar, no para de sublimar, y lo real del sexo queda transformado en el mundo de la sexualidad humana. La sexualidad, por tanto, es propiamente humana, no podemos decir que los animales tengan sexualidad.

 

En este sentido, la sexualidad de cada uno es la particular manera en que, como ser hablante, como cuerpo atravesado por el lenguaje, ha producido su artefacto singular con el que se acerca a lo Real del sexo.

 

Este artefacto está hecho, sin duda, de simbólico e imaginario, de palabras e imágenes que dan forma a un marco que permite al parlêtre tener encuentros sexuales. Este artefacto permite a cada uno manejarse con los avatares de un cuerpo que desea y se excita más allá de su voluntad, que imagina que sólo determinado objeto podrá atemperar su desazón, y que se encuentra con las dificultades que ineludiblemente se tejen alrededor del goce sexual: si es mucho o poco, si es adecuado o patológico, si se alcanza demasiado rápido o cuesta mucho alcanzar, si se tiene demasiada sensibilidad o se siente poco, si sólo se alcanza de una manera o si demasiadas circunstancias lo provocan, etc…

 

¿De qué está hecho este artefacto? ¿Cuál es su forma? ¿Se trata de un complejo, como pensaba Freud? ¿Es suficiente el fantasma para dar cuenta de él? ¿Se trata de un collage surrealista como apunta Lacan al hablar de la pulsión en el Seminario 11? ¿Tiene forma de nudo como plantea Lacan al final de su enseñanza? Todo un campo para ser desarrollado.

 

Pero partiendo de lo más cercano a la experiencia, actualmente podemos identificar dos medios prioritarios con los que se intenta envolver lo real del sexo para hacerlo accesible. Por un lado, la imaginería amorosa, por otro lado la imaginería pornográfica. La imaginería amorosa se desarrolla a partir de la ilusión de la posibilidad de formar una pareja, desde la media naranja hasta el partenaire-síntoma. La imaginería pornográfica conlleva un intento de representación del goce perverso polimorfo singular por el que cada uno se siente atañido de forma muy particular.

El fantasma amoroso nos embarga de satisfacción cuando con el enamoramiento correspondido podemos sostener durante un tiempo esta ilusión del compañero posible, pero está destinado a la frustración, ya que se busca un complemento al íntimo mundo de cada uno y se encuentra otro cuerpo- hablante con sus propias determinaciones y exigencias. El fantasma pornográfico permite un acceso directo al goce sexual, pero alejado de todo ideal; satisface sin excepción, una y otra vez, pero avergüenza al sujeto en su relación con los otros.

 

Ni por un lado, ni por otro, el ser humano logra representarse lo que sería la relación sexual adecuada, por ello recurre a una continua producción, reproducción, incluso superproducción de palabras e imágenes siempre fallidas, de pruebas y errores en sus relaciones con los otros. Con esto se encontró Freud en el inicio del psicoanálisis: con esta disfunción sexual del ser humano que provoca sufrimiento y síntomas.

 

¿Por qué tanta importancia de la sexualidad y del amor? ¿Por qué causa sufrimiento el encuentro con las limitaciones del amor y de la sexualidad? ¿Por qué se producen síntomas complejos alejados aparentemente de la sexualidad y del amor a partir de sus disfunciones? Otro importante campo de trabajo se abre aquí.

 

Pero aventuremos un primer camino para responder a estas preguntas: el desamparo original vivido por todo ser humano a causa de su incapacidad, desde su nacimiento, para encontrar por sí mismo las maneras de apaciguarse, le lanzan hacia el otro (su semejante) y hacia el Otro (el tesoro de los significantes) para intentar encontrar allí respuestas. En este sentido, el amor y la sexualidad son los medios principales por los que establecemos y mantenemos ese puente que nos lleva más allá de nuestros límites, de modo que cualquier fracaso en estos ámbitos nos envía directamente a ese punto irreductible y terrible de desamparo original, de lo Real.

Esperanza Molleda, miembro ELP y AMP. Madrid