Crónica de las Jornadas: Lo subversivo es el amor – Tiresias

Crónica de las Jornadas: Lo subversivo es el amor

Una conclusión atravesó el taller de Goce y pornografía: lo subversivo, hoy en día, ya no es el goce, sino el amor. Esta conclusión fue retomada y debatida en una de las mesas del domingo, a cargo de Francesc Vilá, sobre Hallazgos y desvíos.

En ella, el trabajo de José Rubio contenía dos referencias que me permitieron enlazar con la cuestión del amor hoy. ¿Por qué es subversivo? ¿Por qué son tan líquidas las relaciones de pareja, sean cuales sean? ¿A qué confusión responde? – si se trata de una confusión…

Una, de Lacan. En el seminario Aun, dice que “el análisis demuestra que el amor en su esencia es narcisista, y denuncia que la sustancia pretendidamente objetal -puro camelo- es de hecho lo que en el deseo es resto, es decir, su causa, y el sostén de su insatisfacción, y hasta de su imposibilidad”.

Otra, de Miller en el Partenaire síntoma: “Desde el momento en que la pareja fundamental es concebida a nivel de goce y no a nivel del significante puro, la diferencia entre los sexos entra necesariamente en consideración. El significante puro borra la diferencia entre los sexos (…). Se trata de una pura relación lingüística”.

¿Por qué el amor es subversivo? Seguramente porque apunta al sujeto, justo en la época en la que el discurso predominante pretendende, precisamente, borrarlo, para hacer de él objeto de cómputo y de consumo. Y el sujeto, es independiente de la posición sexuada. El sujeto surge ante la división subjetiva, y es el responsable de la enunciación; es un significante representado para otro significante, pero sabemos que hoy el significante ha perdido su potencia, su dignidad.

Este hacer del sujeto objeto ha tenido un impacto en la sexualidad, que toma al otro en su dimensión metonímica y no metafórica, como apuntó Freud al describir la sexualidad infantil como perverso-polimorfa. De ahí la liquidez, el deslizamiento incesante de la metonimia que asemeja el fluír de un líquido, sin punto de contención.

Hay pues dos dimensiones que habitan en cada uno de nosotros, los seres hablantes, el sujeto y el objeto. En esta dimensión del significante puro señalada por Miller podríamos ubicar el amor de transferencia. Su pregnancia significante oculta la cuestión del objeto, del que el analista ha de hacer semblante para cada analizante. Pero este objeto se llega a conocer gracias al amor. En la pareja, ocurre al revés. En la dimensión del goce, los acontecimientos ocurren en orden inverso, es el goce del cuerpo el que acerca al partenaire, lo que hará de un encuentro necesario o no. La verdadera dificultad reside en ensamblar las piezas sueltas que constituyen la elección de objeto, el amor y la posición sexuada como distribución del goce fálico, para todos o no-todo. Tributario de la contingencia, nada garantiza que en un encuentro con el partenaire de goce aparezca también el ser al que nuestro amor apunta.

Para mostrar esta hiancia entre identidad sexual y relación de objeto, se recordó el caso de la joven homosexual de Freud. Al perder el objeto de su deseo, el hijo del padre, se identificó con éste y no con la madre, como mujer futura que recibirá un hijo del hombre amado. Tal vez como renegación de la falta, por no poder afrontar el dolor de su propia pérdida, se “identificó con el agresor”. La cuestión es que en esta escena se aprecia bien el viraje de la elección de objeto a la identificación con él. Dice Lacan al respecto (Sem.IV): “No es lo mismo que un objeto se convierta en objeto de elección (de amor) o que se convierta en soporte de la identificación del sujeto”. Dice también de esta identificación que es “siempre de naturaleza regresiva”.

Y es que el objeto, causa del deseo y no sólo objeto de goce, es lo que está en el epicentro del amor. Pero el deseo exige pasar por los desfiladeros del significante.