Entrevista a Jorge De los Santos – Tiresias

Entrevista a Jorge De los Santos

Jorge De los Santos es artista plástico y analista de la cultura. Formado en diversos centros de estudio europeos en varias disciplinas humanistas (filosofía, bellas artes y religiones comparadas), inicia su trayectoria profesional artística a finales de los ochenta, pudiéndose encontrar su obra en colecciones y fundaciones internacionales. En la última década, desarrolla, asimismo, tareas públicas relacionadas con el análisis de la cultura y de la conformación del sujeto; además de participar en conferencias, seminarios y encuentros, colabora, como analista crítico de la cultura, en diversos medios públicos televisivos y radiofónicos. www.jorgedelossantos.net 

 

¿Qué nos puedes decir de la relación de la invención artística con respecto a la invención sexuada singular de cada uno, y en este caso de la tuya?

 Si me lo permitís, aunque en esta primera pregunta me extienda un poco y puesto que vamos a formar una pequeña comunidad de hablantes me gustaría, aprovechando vuestra cuestión y a modo introductorio el intentar significar algunos conceptos a fin de que de manera dialógica podamos convenir y consensuar algunas palabras a fin de que los significados se aproximen (…hacer aquello que Sócrates, y enunciando ya el “conócete a ti mismo” le pregunta, en primer lugar, al  esclavo: “¿Tú hablas griego?” y, tras su afirmación, inician la charla, pues solo si el que habla sabe quien es, puede hablar con el otro)

Entiendo que el “ser sexuado” es, como decía Levinas refiriéndose al cuerpo, “ese hecho consumado”, algo que nos conforma como centro y desde el que partir en nuestro existir (en nuestro siempre “ir hacia fuera”) que no puede ser más que excéntrico. Ser sexuado, como ser lenguaje, es condición y limite de lo humano. Por “sexuación” entiendo ese proceso (en apariencia sencillo pero de una enorme complejidad compositiva e interpretativa) por el cual se deviene “un” sexo, y al proceso dinámico por el nos construimos en cuanto seres sexuados de manera sincrónica, dinámica y plástica es lo que yo entendería por “sexualidad” (si “sexo” es “persona”, la “sexualidad” sería algo así como la “personalidad”)

Así, en el proceso (siempre en proceso) de “hacerse” (decía Agustín de Hipona que “el mundo tal y como lo vemos está sucediendo”),  partimos de un centro no gestionable (el “ser sexuado”) se conforma en (y con) nosotros un sexo (“sexuación”) y construimos sincrónicamente a nosotros mismos (“inventamos” como planteáis en la pregunta) una “sexualidad”, impulsados, casi “pateados”,  por existir como individuos eróticos (humanos que somos humanos porque estamos “en relación a”)

Ahora que hablamos griego, o variantes dialectales del griego, sigamos.

Todos esos mecanismos, salvo el “ser sexuado”, son susceptibles de ser “categorizables”, es decir, de convertirnos en categoría (hombre, mujer, heterosexual, fetichista…), proceso por el que la moral opera (la moral no actúa nunca con “un” existente sino con categorías, de ahí su lógica cruel) además de generar algo que es incompatible con la existencia (que como digo es abrirnos hacia el afuera), esto es, el fijarnos. Decía Nietzsche: “el hombre, un animal no fijado” un animal que parte por necesidad de una “estructura de previos” (Heidegger) de unos mecanismos de preconcepción, de unos prejuicios y una tradición (Gadamer), un animal que hereda, como indica Mèlich, una gramática ya operativa (pues no tendría tiempo en una existencia de construirla de la nada), un animal, en definitiva, que parte de un “centro” (en nuestro caso el “ser sexuado”) para abrirse a los procesos de fuga (en cierta medida la “sexuación” y en gran medida “la sexualidad”).

La relación que encuentro, y respondiendo ya a vuestra pregunta, es que ambas (invención artística e invención sexuada) tratándose de construcciones culturales (dadas por tanto en lo comunitario y dependientes de una cierta capacidad electiva) conforman ese presente que podríamos llamar identidad. Digo un presente puesto que en su devenir nunca ha cristalizado, nunca se ha solidificado, nunca se ha fijado. El poeta cubano Lezama Lima tiene una hermosa metáfora (“Fragmentos a su imán”) en la que expone la existencia de un imán que se construye de los fragmentos que atrae. El deseo (la fuerza magnética) nos construye en la atracción y nos conforma dinámicamente con los resultantes de esa atracción. Así, un trabajo creativo en el proceder artístico me conforma del mismo modo que desde mí se conforma ese proceder (el cuadro o la escultura solo son “pavesas” de ese procedimiento) y lo mismo sucede con la sexualidad. Ambos son procesos “elegantes” es decir, que requieren de una capacidad de elección, “cultos” pues exigen de la cultura, de la capacidad de sembrar y recoger en continuo, y  ambos, como dinámicas del existir, son “religiosos”, pues “se” y “nos” religan.  Y así prosperan (y prospera el mí) hasta llegar a ese epítome de “la vida como obra de arte” (que si bien puede garantizar algo glorioso no siempre es grandilocuente) y que quizá lo que indica como tal es que debería ser analizada bajo los parámetros cognitivos de la estética; esa razón emocional, sensible, sensual, pero no por ello menos trascendental que los griegos incluyeron, al menos hasta Sócrates, en su tan traído y llevado “logos” y que ahora hemos convertido en una mera razón “racionalista”, positivista, tecnológica y rentable; razón racionalista aplicable a la obra de arte como “bien de consumo” y a la sexualidad como conversión del sujeto en consumidor de bienes eróticos (desde accesorios sicalípticos a pornografía o manuales de perfección erótica, pasando por los amantes).

Hablaba antes de “pavesas” cuando me refería a la obra en sí con relación al proceso del que se desprende la obra. En la alquimia se entendía por pavesas aquellos restos que no habían ardido en la metodología alquímica. Esas “cicatrices” permiten, por ejemplo,  diferenciar una cara de un rostro. Pues bien, esas marcas, esos “residuos”, esas “condensaciones” y esos “síntomas”, no son a mi entender lo más digno de atención. Son importantes en cuanto que permiten la continuidad del proceso creativo (un cuadro surge porque se ha pintado otro antes y sin ese precedente nunca hubiera sucedido el consecuente) pero lo verdaderamente significativo es el intervalo entre “residuo” y “residuo”, y más aún la interrelación dinámica que entrelaza un residuo  con la que vendrá después; la relación entre lo fijado (un síntoma, una obra) y lo que nunca puede permanecer atado.

Considero que esa dialéctica dinámica es enormemente afín en el proceso que llamáis de “sexuación” y el de la creación artística.

Nos gustaría que nos hablaras de si la cuestión de lo femenino ha influido en tu obra y de qué manera?

Normalmente cuando un artista inicia su trayectoria, en los momentos de mayor épica y menor lírica, siempre abunda la autorreferencia.  Los autorretratos, por ejemplo, son propios de esa etapa o de los tardíos momentos de “despedida” en los que uno puede volver a sí mismo. Como intentaba explicar en la respuesta anterior uno no pinta o se sexúa, sino que construye su propia biografía, pero al inicio de una trayectoria esto no se sabe hacer hablando de algo que no sea uno mismo, por lo que la recurrencia al yo suele ser de muy a excesivamente explícita. Por el contrario, a mí siempre me ha fascinado la alteridad, el otro. Y el otro más cercano (por estar reprimido para ser sublimado) ha sido lo femenino. Así, lo femenino, lo otro, lo que facilita, como la Elena de Simón el Mago, la escalera que facilitaría el conocimiento era, para mí, lo femenino. Eso fue al principio, con lo que el cuerpo femenino, su biometría, su genitalidad y su biomecánica se convirtió en “el tema”. Posteriormente se desarrolló durante décadas una obra, quizá por la que más se me puede conocer, mucho más especulativa, intelectualizada que se centro en el blanco como imagen y en el pliegue como concepto. Sin embargo esa voluntar de utilizar lo femenino como símbolo, es decir como elemento que permite relacionar, no ha desaparecido nunca y en los últimos tiempos ha vuelto con fuerza. Fruto de ello son algunos retratos eróticos (aunque nadie que no entienda la “erotika” podrá verlos nunca como tal) realizados a mi compañera.

Hay un concepto muy interesante que se explicita en el titular “el continuo de los sexos”. Ahí se vuelve a incidir en el dinamismo de la conformación del sujeto, pues enuncia que no somos “puramente” ni masculinos ni femeninos (si es que fuera posible categorizar lo masculino y lo femenino) sino una composición de ambos. Es cierto que se explicitan unos caracteres terciarios que tienden a señalar lo uno o lo otro, pero esa “imagen” masculina o femenina se compone, se “pixela”, siempre desde lo masculino y lo femenino. Esta tesis tiene dos cuestiones interesantes; por un lado el que no hay algo concreto sino que existe una “tendencia a”, cosa en la que vengo insistiendo, y por otra que lo masculino y lo femenino quizá solo sean un fenómeno estético.

Esta ambivalencia (no hablo de androgénia o de intersexualidad) de sexos y más allá una ambivalencia entre categorías estéticas es algo que también creo se está reflejando en estos últimos retratos (1)

Como sabes para Jacques Lacan, la escritura de la relación sexual es imposible, y nos interesa saber tu opinión sobre la articulación de tu creación artística con esta imposibilidad.

Hablábamos antes de cómo el genio griego, con la invención de la filosofía, transforma una estar existencial dependiente de lo “real” en otra dependiente de la razón y de cómo ésta pasó de ser un “logos” palabra, pero también “sensación” a un “logos” hecho de silogismos y geometría.  Esa conversión de “razón”, la denunció ya Nietzsche en su ejemplificación del fin de la tragedia, pues al hacer Sócrates (y Eurípides) el fondo del ser racional (el ser era, en su esencia, racional), también lo hacía modificable y, como le oía comentar a Miguel Morey no hace mucho, hace que entendamos por conocimiento aquello que permite modificar lo conocido. En definitiva, el Sócrates platónico, racionaliza la realidad (aún teniendo para ello que fundar una metafísica ideal) destruyendo, o más bien destituyendo, pues sus efectos siguen siendo fenómeno, aquello que llamáis “lo real” (o el “noúmeno” kantiano o “la voluntad” en Schopenhauer). Así para Nietzsche, lo que en la verdadera tragedia (aquella que comenzaba con una música que solo el coro oía y el espectador sabía que oía pues los miembros del coro danzaban) era el efecto ingestionable de lo real en el héroe (que es héroe no solo porque le sacuda lo real sino porque su conciencia está intencionadamente enfocada, porque “sabe”, que le está sacudiendo lo real y aún así actúa y compone). Después de Esquilo y Sófocles la maldición que se cierne y derrota al héroe no es un asunto de “lo real” sino un “error de cálculo” (un fallo en la aplicación de la razón). Fue, quizá en ese momento, en el que olvidamos que siempre frente a lo real nos sustenta una ficción. Nuestra realidad (lo “real” racionalizado) es la escritura de la ficción.

Me extiendo un poco en este concepto de real porque creo que es importante para comprender el proceder artístico y los procesos de sexualidad que se derivan de un ser sexuado. El arte, al menos el trágico, pero el que entiendo como el más cercano a la propia “episteme” artística, es la de racionalizar lo “real” pero sin perderle nunca la cara. Os pondré un ejemplo; entre el alarido de un loco y el jipío del cante jondo media un proceder artístico. Son lo mismo, pero no son lo mismo. Como todo proceso significante, como toda representación simbólica y como todo acto cultural, el arte consigue darle forma a aquello que no la tiene pero nos conforma. Introduce, para ello y a través de sus mecanismos “metódicos” un componente de racionalización sensible (estética) que hace que no evita que el alarido sea aterrador (incomprensible) pero consigue que el jipío sea armónico (comprensible).

Sucede lo mismo con el eretismo. En el orgasmo se produce el aullido, un aullido interno, desprovisto casi de sujeto, “real”, un aullido sin escritura y frente a él y en un intento de racionalizarlo surge, después, un “te quiero” vinculativo (escrito). La inhabilitación del lenguaje en la expresión orgásmica (antes puede existir, después también, pero nunca en un “durante”), su “inhumanidad”, reclama la invención de palabras (había alguien que apuntó que “la posguerra es el momento de enterrar a los muertos y de encontrar las palabras”) en ese esfuerzo, a mi entender ilusorio y meramente formal por amar (cuando, en realidad, esa copulación lingüística y la emoción que la acompañan están tan lejos de ser “amar” que ni siquiera creo que lo anticipe) Ese relato que fundamos tras el primer aullido (el “te quiero” y toda la narrativa deseante que lo acompaña) no deja de ser un proceso artístico.

jorge de los santos Nos preguntamos ¿qué del amor en tu obra?

El amor tiene dos estructuras básicas; la duración y la lógica a dos. Ambos conceptos son capitales para entender esa forma de comprender y construir la realidad que trasciende el yo (es lo que Alain Badiou llamaría la lógica a dos) pero también de hacerlo a toda costa (“durar” en esa construcción compartida) Para el que ama el “mundo no tiene sentido sin ti” (algo que dice el enamorado sin entender lo que dice pero que entiende perfectamente el que ama, aun sin ser consciente de sentirlo) y en cuanto a tal no puede renunciar a la construcción compartida de sentido, es decir, seguirá “sosteniendo” al otro pase lo que pase. Cuando uno de los vectores de sustentación concluye (la lógica a dos o la duración) ya no existe el amor; se pueden establecer otras estructuras asociativas, otras constituciones cooperativas, pero no amor.

La mayoría de autores (el citado Badiou, por ejemplo) entiende que el alcance de estos dos vectores  se inicia en el “enamoramiento”,  aquello que algunos llaman el “amor pasión” o el “amor romántico”,  pero yo no lo tengo tan claro. El hecho de que en ocasiones se presenten consecutivamente  no significa, a mi entender, que exista una causalidad entre ambos. Es más, cuando finaliza el enamoramiento (pues el fin del enamoramiento es la finitud) y se puede iniciar el amor, la mayoría de asociaciones afectivas consideran que se ha “acabado el amor” y desisten (rompen la duración y dejan de crear la realidad conjuntamente) con lo que simplemente han estado “enamorados” (aunque ellos creyeran que amaban) pero no han llegado a aquello culto, esforzado y farragoso de “amar”. El enamoramiento, además, por su fijación y exclusividad (no hay una conciencia a dos hay solo la conciencia del otro) hace algo contrario a lo que pretende; detiene el ser erótico, paraliza el deseo en su “promiscuidad”, en su diversidad y subyuga, por tanto, la capacidad analógica y por tanto crítica. Sucede que el enamoramiento es un estado emocional individualmente gratificante y culturalmente recomendado. Gratificante individualmente porque, como la mayoría de las emociones se nutren de procesos bioquímicos, abunda la interacción sexual y es, fundamentalmente, “sencillo” (no exige dotes especiales ni un esfuerzo intelectual de la razón sentimental) Colectivamente también se ha visto reforzado por un modelo sentimental que es muy conveniente en nuestros días pues el enamorado es ante todo un consumidor; el “baile de san vito” que produce, el estado de “estupidez”, de pasmo activo del enamorado lo convierte en un personaje poco crítico en sus elecciones y su manifestación de pavoneo hace que refuerce su plumaje con multitud de bienes y acciones (desde obsequios “románticos” a viajes “románticos”) Esa condición de “pasmo”, pues hasta hace perder la conciencia de que uno está bajo los efectos de ese estado, que mencionaba es la que me hace dudar que el enamoramiento (que siempre es épico mientras que el amor es trágico) sea el estado idóneo como para decidir con quien estableceremos y con quien se está estableciendo la lógica a dos y la duración (es como querer realizar una operación de precisión y establecer un juicio competente harto de vino)

Con relación a mi obra, puedo decir, siguiendo lo anterior, que he establecido con ella un lazo amoroso; siempre, en cuanto a proceso inherente a la conformación de mi existir, he mantenido un canal de sentido con ella, y siempre lo ha sostenido una resistencia. Es cierto que a lo largo de las más de tres décadas que me construyo en este terreno ha habido momentos críticos hacia toda la contextualización del arte (tan necesaria como, normalmente, ridícula, errónea y manipulada), que desembocaron en que pausé en determinados momentos su expresión y se rompieron algunas fórmulas comunes de sociabilización de mi trabajo, pero hemos adoptado otras. En esta línea, la expresión “amor al arte”, es, para el artista (y no para el “enamorado del arte”), algo definitorio del existir como artista y una proposición afortunada, pues al arte se le ama o, como los dioses viejos, se (y te) abandona.

Entrevista realizada por Mercedes de Francisco y Pía Lopez.