El armario de los cisnes – Tiresias

El armario de los cisnes

“Los rusos poseen una extraordinaria capacidad para guardar silencio” Alexander Herzen, El pasado y las ideas

Paradójicamente, una representación de El lago de los cisnes en el Teatro Mariínsky de San Petersburgo es un espectáculo extraordinario y habitual. Aquel día la función transcurrió con especial brillantez y el público regaló ovaciones interminables a los bailarines, a la orquesta y a su director, a la coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov y, por supuesto, a la música de Piotr Tschaikovsky. Si su música para ballet se escuchó por primera vez en el Teatro Bolshói, solo con esta versión coreográfica, estrenada en el Mariínski hace casi un siglo y medio,  el ballet consiguió fama mundial.

IMG_1932 copia (1)Al contemplar desde el patio de butacas el palco ex-imperial pensé en las autoridades que lo habrían ocupado sucesivamente, desde el zar Alejandro III, protector de Tschaikovsky, hasta Vladimir Putin, padrino del nuevo Teatro Mariínski; sin olvidar a Dimitri Medvedev, Mijail Gorbachev o Borís Yeltsin y a otros altos cargos del extinto Partido Comunista como Stalin, Kírov, Kruschev o Breznev. Todos han aplaudido de pie las representaciones de este ballet y a juzgar por el fervor que aún despiertan se diría que son rituales de Estado -como izar la bandera, escuchar el himno o atender un desfile- y no solo una obra de arte.

A causa de su lago, dónde vive abducida una multitud de falsos cisnes incapaz de recobrar no ya la libertad sino su primigenio rostro humano este ballet es triste y fatídico. Hasta tal punto es así que sorprende que el poder político lo haya aceptado sin matices -a la obra y al autor- como ingredientes imprescindibles de una “imagen nacional” rusa, algo sin duda digno de estudio (como lo son todas las así llamadas “imágenes nacionales”) y que obedece posiblemente a procesos simbólicos “nacionalizantes” que, no siendo para nada raros en nuestros días, por deliberados y arbitrarios, son en este caso irónicos si se repara en lo que este lago de cisnes puede simbolizar.

Piotr Tschaikovsky nació en una región del norte de Rusia llamada entonces Viatka, ahora Udmurtia. Cuando visité su casa natal, en las cercanías de Vótkinsk, la celadora del museo comentó que Piotr habría paseado durante su infancia en torno al lago que se divisaba a través de la ventana y que la imagen de ese lago acabaría inspirándole El lago de los cisnes, el más famoso ballet de la historia de la danza. Movido por la curiosidad me acerqué a contemplar aquel lago, y observé que sus aguas tenían el color del jade, con un tono apagado, como el gres desvaído, más turquesa glauco que azul, y que carecían de sensualidad. Tampoco había nada de mágico en la topografía del lugar y descarté cualquier relación fácil entre aquel lago y el que aparece en El lago de los cisnes. Sin embargo, supe después que aquello no era un lago sino el pantano artificial de una vieja fábrica, ya inexistente, que había formado parte de un ingenio minero durante la época de Catalina II.

Yulia Stepanova y Xander Parish en los roles de Odette-Odile y principe Sigfrido¡Qué ironía! El primer lago que Piotr Tschaikovsky contemplara en su vida era un simple y desnudo pantano artificial en vez de un vaporoso lago que la imaginación hubiera podido convertir en morada de cisnes. Una ironía que es esencial al argumento del ballet, pues ambos lagos, el del ballet y el de la casa natal comparten la peculiar cualidad  de parecer una cosa y ser otra. Al fin y al cabo, en tanto que homosexuales, Piotr y su hermano Modesto conocerían seguramente demasiado bien esta cualidad, por muchos llamada “condición”, que les acarreaba una diferencia permanente entre conducta y fuero interno así como, también, el enmascaramiento sistemático de una parte importante de la existencia individual.

Puede que hoy no extrañe a nadie que la elección del argumento de un ballet recayera en un cuento de hadas pero entonces fue ésta una aportación innovadora del compositor y, a la postre, una de las fuentes de su éxito. El propio Tschaikovsky admite que eligió como argumento de su ballet un cuento de hadas porque este género literario le permitía componer con gran libertad y alcanzar su mejor inspiración. En ellos la volubilidad es norma y es habitual que una cosa pueda, al mismo tiempo, ser otra; es decir, se puede ser y no ser, o ser varios seres a la vez, o parecer una cosa pero acabar siendo, finalmente, otra; puede uno transformarse, delirar y dejarse llevar por el deseo propio o el de los otros.

Los cuentos de hadas no requieren para su desarrollo coreográfico exigencias de argumentos y libretos operísticos; son tan elásticos como se quiera. Muy posiblemente es en esta mezcla de desmesura, por un lado, y de equilibrio entre fantasía y danza, por otro, dónde residen las aportaciones de Tschaikovsky y de Petipa, el coreógrafo que hizo los ballets de Tschaikovsky universalmente famosos. En todo caso, en aquella época la ópera no reflejaba el tipo de vivencia que el compositor podría tener del amor o del deseo, y permitía muchas menos ambigüedades que la danza. La expresión libre de su fantasía le procuró algunas de sus páginas más brillantes y famosas entre las cuales hay ballets muy populares, y algunos de los mejores de la historia: La Bella Durmiente y Cascanueces, cuyas músicas han sido aprovechadas –sí, esa es la palabra- por Walt Disney quien, sin embargo, poco o nada quiso saber del Lago. Quizás porque sea el menos fantasioso de los tres o porque da lugar a una ambigüedad insostenible pudiendo ser a la vez más explícito…

unnamedComo cabe esperar de un cuento de hadas, el argumento de El lago de los cisnes oculta más que enseña. Un lacónico recuento de su tema principal concluiría que se trata -una vez más- de una superación de obstáculos gracias al amor. Pero no del todo. Sin restar importancia a esta visión prefiero inclinarme por el tema de la elección amorosa (masculina especialmente) y de su fragilidad frente a la elección amorosa femenina.         En un brumoso lago el príncipe Sigfrido conoce a Odette (mujer-cisne blanco que no puede salir del lago), se enamora de ella y le promete matrimonio. De vuelta, en palacio, el amor del príncipe se rinde ante Odile (mujer-cisne negro que sale del lago y entra en la corte), una bella mujer sorprendentemente similar a Odette (de hecho, es la misma bailarina), y a la que, obnubilado, promete idéntica cosa. Podría verse también como una variación del tema de la ceguera del dios Amor -un niño al que es fácil engatusar y al que pintan ciego. Eso al menos escribió William Shakespeare cuando desarrolló el tema con maestría –y con mucho mas humor pese a no tener ninguna gracia- en Sueño de una noche de verano.

Si el personaje de Odette despierta en el príncipe amor prístino, Odile, arrebatadora, parece excitar pasiones de otra índole. Ambas viven en el mismo lago aunque por motivos distintos que el ballet no desciende a revelar (tampoco parece necesario). Pero solo Odette comparte el destino de los cisnes, seres de bondad llorosa –angelicales; alas no les faltan, pueden volar- y habita junto a ellos en un lago del que no pueden salir, sin duda maléfico, pero hasta tal punto magnético y bello que uno se pregunta si de verdad quieren escapar o si es voluntad lo que les falta.            Aparte de Odette, de Odile y de estas mujeres-cisne de diverso plumaje, habitan el lago otras criaturas, así el hechicero Von Rothbart, padre de Odile y amo del lago, quien también adopta la apariencia de cisne, aunque por voluntad propia y, ominosamente, como su hija, de negro (el color negro de Odile se hace norma solo a partir de 1941, cuando Tumánova dio un paso adelante en la interpretación de este role). Resumiendo, los habitantes del lago forman una familia luciferina que contrasta con el anonimato de la que habita en el palacio.

Algunos coreógrafos han querido que Odette, el cisne blanco, u Odile, el cisne negro, fueran hombres homosexuales -ambos o uno solo-, en un cocktail exagerado más propio de una comedia (mujer enamorada y/o cisne-hombre homosexual) con la pretendida y endeble excusa de acercar así la biografía de Tschaikovsky al argumento del ballet. Las coreografías que hace tiempo se aventuraron por este camino aportan matices que encajan bien en el misterio de este lago, al que transforman sin dificultad en Castro, el barrio gay de San Francisco. Técnicamente, como cabe imaginar, la ausencia de bailarinas exige otra coreografía diferente de la de Marius Petipa. Pero estas opciones homo, a mi gusto más sosas que la hetero, siguen ignorando el tema de la onerosa existencia del lago. Otra cosa es que Von Rothbart fuera un homosexual recalcitrante y lo mostrara; no haría falta cambiar el sexo a nadie y, sin embargo, haría más plausible el guión añadiendo una considerable dosis de conflicto real. Pero la realidad no es lo más deseable para mantener el hechizo de los cuentos de hadas.

img_1915-copiaDesde el patio de butacas del Teatro Mariínsky, conté las muchas veces que había visto este ballet y cómo todas las versiones ponían el peso de la acción dramática en la fallida elección amorosa del príncipe y su “acelerado” despertar a una consciencia superior cuando se da cuenta de lo que ha hecho; incluso en este mismo texto he escrito que éste podría ser el tema principal. Pero nadie ha prestado atención a la anomalía que supone ese lago, un lugar donde la libertad no existe o está restringida como si se tratara de una penitenciaría; un lugar secreto, no tanto un gulag fácil avant la lettre regentado con mano de hierro por un fastidioso capataz (visión muy obvia), sino un espacio que es a la vez terrible e íntimo, compartido pero rigurosamente individual- adónde va a parar el fuero interno de las víctimas de la represión y el miedo, del hostigamiento y el acoso; un lugar dónde mora una violencia nunca confesada cuya realidad nadie se molesta en constatar.

Desde mi butaca miré de nuevo el escenario sobre el cuál es tradición, en Rusia, expresar lo que no se puede compartir de otra manera. Al final de la función transitaban hacia los artistas grandes cantidades de ramos de flores (que allí se entregan tanto a ellas como a ellos) que suelen llegar en un tempo de “aplauso fervoroso” y que, tras breves segundos de anarquía, se hace rítmico, regular e, inevitablemente, marcial. Así se pasaba de un mundo delicado e irreal, que quedaba ya detrás del telón, a una aclamación de fuerza y resistencia que parecía orquestada in situ para complacer a quienes se sentaran en el palco. En ese espectro histórico que el palco representaba, al Lago de Tschaikovsky corresponde ser la prefiguración de lo que la cultura gay anglosajona ha convenido en llamar un siglo después the closet, “el armario”, ese lugar desolado en el que muchos hombres y mujeres han permanecido o permanecen enmascarados hasta que -si les llega el momento- recuperan su libertad y “salen” de él. A Tschaikovsky debemos la primera, tácita denuncia de ese “armario” que se haya formulado nunca sobre un escenario; un “armario” que ha recibido y sigue recibiendo en el curso de la historia del arte aplausos encendidos de incluso quienes lo niegan y, a la vez, lo adoran, como símbolo nacional, resistiéndose a aceptar que nadie quiera vivir en él.

Juan José Herrera de la Muela. New York.