Deseo, amor y Otredad – Tiresias

Deseo, amor y Otredad

El amor es impotente, aunque sea recíproco,porque ignora que no es más que el deseo de ser Uno”

J. Lacan Seminario 20

 

Cada uno testimonia de su encuentro con la ausencia de relación sexual, lo hace con el síntoma y la  modalidad de goce. Al psicoanálisis, le interesa la posición que el sujeto hablante asume ante lo imposible de la no relación, imposible que también puede tomar el nombre de horror a la feminidad. El amor-síntoma puede hacer pantalla a ese real en un esfuerzo de hacer encarnar al Otro el partenaire fantasmático creando una versión propia y particular de relación hombre-mujer. Esto sería, pretender hacer del amor un Uno, que indefectiblemente siempre irá contra el deseo del sujeto. Sería un amor, pasión de la ignorancia, que hace olvidar la hiancia. Será con los significantes, con los que el sujeto intentará escribir esa posición, en tanto los sujetos se sexúan como significantes.

 

La histérica, llamada hommosexuada por Lacan, al hacer el hombre, escapa de asumirse en la posición femenina, dejando el sexo fuera.Fuerasexo (1) es no querer saber nada del encuentro sexual con el Otro, con lo hétero. Ella prefiere dejar la posición femenina, a “la otra” mujer en su fantasma.

 

La armateur (armadura) al padre, hace obstáculo a servirse del hombre como relevo para convertirse en ese Otro para sí misma. El amor al padre, hace de pantalla a la no relación sexual. De allí, que una cura analítica posibilite a un sujeto ir más allá del amor al padre a fin de saber servirse de él, cuestión fundamental en la clínica de analizantes mujeres. El testimonio de Anaëlle Lebovits-Quenehen es esclarecedor en este punto.

 

L’amour, viene a señalar el muro, la falla de comunicación que inevitablemente se produce entre los sexos. Lo que cada hombre y mujer le demanda al amor, siempre es distinto. Para la mujer, en primer lugar, el amor es inconcebible sin la palabra, “para amar es preciso hablar” (2) de allí la conocida dificultad femenina para hacer hablar al hombre. En segundo lugar, para gozar, es preciso amar, porque del lado femenino, no se puede gozar sino del habla, preferentemente, del habla de amor. Por el contrario, el goce masculino, puede sostenerse en el silencio. Lo importante para el goce del hombre, es que la pareja responda a la invención de su objeto de rasgo fetichista (3).

 

La sexualidad está muy presente en el discurso amoroso del hombre, la mujer debe atraerle sexualmente para poder enamorarse de ella. En cambio para la mujer, la atracción sexual no es condición necesaria para amar, en tanto un hombre puede gustarle por su saber, por su posición, por el lugar que ocupa o incluso por la forma en la que habla de ella. Es la vertiente erotómana del amor femenino. Ellas quieren ser amadas para poder amar o  consentir al amor del otro.

 

Sabemos que el amor crece a la distancia, con la dificultad o incluso con su imposibilidad y siempre está cargado de fantasía. En ellos, también hay fantasía, aunque ésta, esté más vinculada a la fantasía sexual.

 

Amor y deseo están ligados en un debate permanente. No es una ligazón necesariamente sexual, sino que se trata de una ligazón a la ausencia que todo deseo señala, ausencia e insatisfacción. En la histeria, ella puede privarse del objeto justamente para desearlo y así mantener su deseo siempre insatisfecho. Es la estructura del deseo histérico. Podrá pretender ser todo para él, es decir, ser lo que a él le falta. Es el modo de asegurarse un lugar en su fantasma, pero es una solución falsa en tanto la verdadera posición femenina es ser Otro para un hombre, como para sí misma, cuestión siempre misteriosa.

 

Por otra parte, podemos ubicar la llamada femenina, esa voz de las sirenas que seduce, pero su canto, no es otro que el de solicitar allí al padre muerto o al amante castrado. Es la vertiente de estrago que en los peores casos, se oculta tras la demanda de amor  que conduce a la devastación  que no conoce límites

 

Jacques Alain Miller, en su Seminario Los Divinos Detalles, nos indica que el amor está emparentado con la insatisfacción. Es justamente ella la que crea el amor. Mientras que la satisfacción, tiene por el contrario, un efecto deprimente sobre la libido, la vacía. Es conocido que la  libido aumenta en la abstinencia. De allí que la transferencia analítica sea amor, justamente porque no es satisfacción.

 

Por otra parte, en su texto  La erótica del tiempo J A Miller indica una diferencia temporal entre el hombre y la mujer respecto de la satisfacción. En el hombre, el valor erótico del objeto disminuye tras el acontecimiento. Gozar del objeto, implica un rebajamiento de su valor erótico. El goce, tiene una temporalidad de tensión en la insatisfacción y resolución en la satisfacción. Mientras que del lado femenino, esta cuestión no es tan marcada sino que se caracteriza más por la exigencia de que el amor tome allí su lugar, tome el relevo temporal del goce. Para ellas, una vez que el goce del hombre ocurrió, es preciso que el amor tome su lugar porque “el goce del Otro, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor” (4).

 

Sabemos que el amor, adviene como suplencia, amarre, nudo de la imposibilidad de ajuste armónico entre un hombre y una mujer, porque lo real, es lo que retorna cada vez como desencuentro. No obstante, si al amor siempre le espera lo real, al final de un análisis podemos verificar cómo se las arregla cada sujeto con eso. Tal como indica Miller en El banquete de los analistas, es en el Pase donde emerge la relación con un saber que ya no tendría efecto de amor. Ya no se trata de un amor al saber sino de un verdadero deseo de saber, en tanto el sujeto atravesó el horror a saber sobre el agujero de lo real permitiéndole otra relación con la falta. Es hacer de la falta, una certeza positiva al final de la experiencia analítica, pudiendo posicionarse y vivir mejor la soledad estructural sin el recurso del fantasma.

 

Guy Briole, AE de la Escuela, en las Jornadas de la ELP en Coruña, planteaba que de lo que se trata es de hacer del amor un nudo flexible. Podríamos pensar que, si bien Lacan dice que el amor es siempre recíproco, dicha flexibilidad sería posible por la separación de  la exigenciade reciprocidad que un amor puede llevar consigo (5).

 

Consideramos que el nuevo amor del que habla Lacan será aquél, que pueda consentir a la infidelidad estructural de ella como no-toda, en tanto la mujer siempre está vinculada a Otra cosa. “La mujer es lo que tiene relación con ese Otro” dice Lacan (6), por lo tanto, no toda para él.

 

Esto nos acerca a la vertiente real del amor, a su carácter contingente. Anteriormente señalábamos que al amor, siempre le espera lo real, su desencuentro. Como dice J.A.Miller, “el amor, se prende con las mentiras de lo simbólico” (7). Si el amor es recíproco, el goce no lo es, por el contrario, es lo más singular de cada uno. Por lo tanto, al final de un análisis, se trata de un amor que sabe de sus condiciones de goce, lo que permitirá una mejor relación con el partenaire amoroso. La sabiduría en esta cuestión, será consentir a cierto engaño, haciendo que éste sea  operativo, “Saber hacerse incauto, lo que en palabras de Lacan quiere decir ajustarse a la estructura sinthomaticamente, es decir, saber hacer con ella” (8)

 

Es conocida la frase de Lacan que dice “El hombre sirve de relevo a la mujer para que se convierta en Otra para sí misma” (9). Pues bien, en la histeria la mujer sólo puede amar a través de otra mujer por ejemplo con los celos en una exigencia de ser reconocida como la única. De allí se puede desprender una vertiente de la exigencia de amor que antes mencionábamos. Ser la única no permite ser una entre otras. Lacan incluso indica que aunque esta exigencia de ser única fuese satisfecha bajo el tú eres mi mujer, eso no impediría que el goce que se obtiene de una mujer la divide convirtiendo su soledad en su pareja. Por más esfuerzo que haga por intentar inscribir su goce en el Otro, ello no la liberaría de esa soledad que comporta el goce suplementario.

 

En la relación sexual, lo sepa o no, la mujer es siempre Otra para sí misma. Busca a otra mujer, para introducir la otredad en la relación con el hombre, en su fantasma  o a veces con los celos. Ahora bien, ser una entre otras, abre en ella una relación más liviana con la alteridad.

 

¿Qué sucede con el deseo y el amor en el final de análisis? Lacan invita al hombre a no ceder a esa voz proveniente del superyó femenino, indicando que lo que conviene es: refutar, inconsistir, indemostrar o indecidir esos dichos que provienen del superyo. En definitiva,, apuntar a la inconsistencia del Otro, a su incompletud  S(A/). Sólo así podrá un hombre hacerse de relevo. Eric Laurent indica que se trata de saber descifrar, adivinar el goce desde donde se origina el llamado amenazador, para responderle: “nadie tiene la última palabra” (10). Saber responder al superyó femenino es denunciar los semblantes que apuntan a la consistencia del Otro. Es la operación analítica misma, en la que se atraviesan los semblantes de ser.

 

En cuanto a la posición femenina, se trata de consentir a presentarse con la mascarada fálica, soportar ser falicizada, pero sin adherirse al falo, sin creerse la mascarada, es decir, no ser embaucadas por el propio semblante. El analista, es aquel que sabe operar con nada al hacerse semblante de objeto.

 

Tomando la posición femenina, una respuesta a la pregunta planteada exigirá la particularidad una por una. No obstante, diremos que un análisis, puede curar al sujeto de hacer del amor el recubrimiento a la no relación, curándolo de la creencia de garantía y eternidad amorosa. Puede curar  la forma particular-ficcional de exigencia de reciprocidad, posibilitando una mayor apertura al encuentro contingente sin los condicionantes fantasmáticos. Pero esto no será sin el consentimiento a su propia soledad. De esta forma, descompletará y a su vez dignificará el amor, permitiéndole desear lo que la hace gozar, haciendo surgir otro tipo de satisfacción, una satisfacción correlativa con un plus-de -vida (11).

 

J A Miller, nos dice claramente que el amor, no es el último término al que habría que apuntar en la realización del sujeto. Es más, indica que Lacan evoca con comillas irónicas el criterio o la capacidad de amar al final del análisis. Es cierto, el amor, no es el nec plus ultra. De lo que se trata es del hay Uno frente al no hay de la relación sexual. Es el Uno lo que se relaciona con la soledad, el cuerpo y el goce, ahora sin Otro. Hiancia donde el cuerpo se goza a sí mismo, cuerpo marcado por la huella significante que trou-matiza. Huella de la que al final del recorrido analítico,  se obtiene un goce opaco con el que el sujeto podrá arreglárselas mejor.

 

Patricia Tassara. Miembro ELP y AMP. Valencia.

 

 

 

  1.       J. Lacan Seminario Aún  Editorial Paidós. Pag 103
  2.       J. A. Miller. El hueso de un Análisis. Editorial Tres Haches. Pag 78.
  3.       V. Palomera Sobre la invención del objeto sexual. Blog de las XIII Jornadas de la ELP. Tiresias. http://jornadaselp.com/acerca-de-tiresias/
  4. J. Lacan Seminario Aún. Editorial Paidós. Pag 12.
  5.       Que el amor sea recíproco no quiere decir que basta con amar a alguien para que él lo ame. Eso sería absurdo. Quiere decir: “Si yo te amo, es que tú eres amable. Soy yo quien ama, pero tú, también estás implicado puesto que hay en ti algo que hace que te ame. Es recíproco porque hay un ir y venir: el amor que tengo por ti es el efecto de retorno de la causa de amor que tú eres para mí. Por lo tanto, algo tú tienes que ver Mi amor por ti no es sólo asunto mío, sino también tuyo”. Entrevista a J. A. Miller Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta ¿quién soy yo? Revista digital: Consecuencias Nº 6.
  6.       J. Lacan Seminario Aún. Editorial Paidós. Pag. 98
  7.       J. A. Miller. El ultimísimo LacanEditorial PaidósPag 239
  8.       H. Tizio La función del amor en la experiencia analítica. Revista El psicoanálisis Nº 23. Pag. 29, 30.
  9.       J. Lacan El atolondradicho. Otros Escritos.
  10.   E. Laurent. Posiciones femeninas del ser. Editorial Tres Haches.
  11.   Anaëlle Lebovits-Quenehen Goce, falta, impunidad & love. Revista El psicoanálisis Nº 25