Anton Reiser: La ironía esquizofrénica y la no elección de sexo – Tiresias

Anton Reiser: La ironía esquizofrénica y la no elección de sexo

En su texto de 1988 ‘La clínica de la ironía’, Jacques-Alain Miller – siguiendo algunas ideas de lo que dice Lacan en ‘El atolondradicho’ – define al sujeto esquizofrénico, primero, como estando, de acuerdo con sus auto-designaciones, fuera del discurso o del vínculo social, y segundo, como alguien que de forma persistente socava el semblante de este vínculo con su ‘ironía infernal’.

 

El objetivo de esta breve contribución es mostrar cómo estas dos determinaciones son anticipadas de forma paradigmática en la novela de Karl Philipp Moritz Anton Reiser (escrita y publicada en cuatro entregas entre 1785 y 1790) y lo que esta novela puede en consecuencia enseñarnos acerca de la radical no elección de sexo en el esquizofrénico.

 

En pocas palabras, Anton Reiser cuenta la historia de la infancia, adolescencia y juventud de un hombre ‘abandonado’ por sus padres – no literalmente, verlassen en alemán refiere a la frase bíblica ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?; y esta palabra aparece en el libro con insistencia repetitiva – el cual, por lo menos a primera vista neurótica, de manera consistente fracasa en encontrar su ‘vocación’ – de nuevo, aquí la expresión es de Reiser – en las distintas esferas de la iglesia, la escuela, el teatro y la vida literaria.

 

¿Qué se puede decir de esta historia? Me ceñiré a seis puntos básicos.

 

En primer lugar, la obra describe con todo detalle la oscilación permanente de Reiser – una oscilación que es, siguiendo la especificación de Lacan de lo real psicoanalítico, imposible de soportar – entre el ya mencionado ‘abandono’ y lo que él mismo llama su ‘vanidad’, su ‘resolución’ siempre frustrada de incorporarse al mundo social. Una cita del artículo de Miller: ‘lo que se llama manía en la clínica psiquiátrica es el caso en el que el objeto a no funciona, es decir, un caso de inconsistencia lógica, y que corre pareja con la inconsistencia percibida del Otro – ya que se trata de un dicho que no se plantea de verdad –. ¿Y por qué no oponerle, como fórmula de la depresión, la consistencia a-lógica del objeto, un objeto que ya no es, entonces, causa del deseo del Otro? La falta-en-ser del sujeto sólo es ya ser-en-demasía.’ En una carta de 1918 a su futura mujer, Gershom Scholem identificó esta novela, quizá en última instancia de forma equivocada, como veremos, como ‘infinitamente triste’. En la medida en que la tristeza existe en el libro, sin embargo, y hay ciertamente mucha, su fuente es esta oscilación.

 

En segundo lugar, el libro tiene mucho que decir sobre la pluralización, introducida de forma fragmentaria por Lacan en el momento de su excomunión, del Nombre del Padre. Ya hemos visto que Reiser se ve a sí mismo como ‘abandonado’ por sus padres. De manera más particular, su padre es un devoto de un devoto – y aquí ya podemos ver en marcha la pluralización – de la secta quietista o separatista de Madam Guyon, una secta que cree en la ‘aniquilación’ de la individualidad en favor del principio del ‘Todo, Todo, Todo’ (incluso el Todo es multiplicado). La madre de Reiser rechaza absolutamente las creencias del padre. Como dice Miller, ‘el deseo del Otro, de la madre, no está simbolizado en la psicosis y, por eso, está en lo real.’ Los delirios de Reiser, como veremos dentro de poco, son buena evidencia de este real, pero lo que es aquí interesante es el modo por el que trata de escapar de su ‘abandono’ buscando ser aceptado y reconocido por una serie casi infinita de ‘padres’: pastores, maestros, profesores universitarios, escritores, poetas, directores de teatro, actores, amigos, viajeros, campesinos, obreros, filósofos artesanos, etc., etc. Ninguno de estos intentos de nombrar algo de su goce tiene éxito, por supuesto, así que la pluralización del Nombre del Padre es revelada ex negativo, irónicamente, se podría decir. Es, sin embargo, un tema fundamental. Cuando Reiser escribe una carta a sus padres, ‘su madre se extrañó de que él llamara a su padre ‘el mejor de los padres’, siendo así que solo tenía uno.’

 

En tercer lugar, si el padre es un semblante, entonces lo que efectivamente revela esto via negativa por medio de los semblantes es la posición de Reiser exterior a los discursos del orden social, una exterioridad que él mismo afirma una y otra vez. En uno de los pasajes centrales del libro – si se pudiera hablar de un pasaje ‘central’ en un libro como éste, colapsándose perpetuamente sobre sí mismo en arcos ascendientes y descendientes – esta afirmación subvierte explícitamente los términos del discurso sectario del padre de Reiser. En la visión de Reiser, la sociedad humana se constituye como una masa compacta de ‘Todo, Todo, Todo’, de la que él se sitúa irremediablemente separado como ‘uno solo’. La iglesia es un ‘todo’, la escuela es un ‘todo’, el teatro es un ‘todo’, la vida literaria es un ‘todo’, y en última instancia no tendrá nada que ver con ninguno de ellos. Podemos también ver, entonces, cómo la ironía de Reiser ya está operando en contra de la arquitectónica de la Bildungsroman que Goethe, el amigo de Moritz, está desarrollando más o menos simultáneamente en su serie Wilhem Meister. La Bildungsroman pertenece a la lógica del Nombre del Padre, podríamos decir, y Anton Reiser ya está más allá de ella.

 

En cuarto lugar, en lo que respecta al ‘todo’ de la vida literaria, ¿qué le ocurre a Reiser cuando trata de escribir? Es aquí que su delirio se manifiesta de la forma más clara. Para el esquizofrénico, dice Miller ‘lo simbólico es real’; o, más precisamente, ‘solamente cuando la relación del significante al significante está interrumpida, cuando hay cadena rota, frase interrumpida, el símbolo alcanza lo real. Pero no lo alcanza bajo la forma de la representación. El significante alcanza lo real de una manera que no deja lugar a dudas […] Esto es por lo que la “esquizofrenia”, tal como está aquí definida de nuevo, puede ser llamada la medida de la psicosis.’ Esto es lo que ocurre en la escritura fracasada de Reiser. Comienza con conceptos ‘generales’ o ‘ideales’, confronta la imposibilidad de vincular estos conceptos con otros y, debido a esta imposibilidad, experimenta estos conceptos originales como reales. Tal y como nos dice el narrador en una frase devastadora, ‘como no puede nunca llenar este vacío’, el vacío entre significante y significante, ‘un perpetuo malestar será siempre el castigo del placer prohibido’. Esto no significa el fracaso constante de la escritura de Reiser. En otras ocasiones, compone odas universalistas y oceánicas cuya banalidad socava irónicamente el objeto poético de su imitación, y sus diarios y cartas están llenos de descripciones increíblemente detalladas, simultáneamente fluidas y fragmentarias, de la ‘realidad’ (podríamos recordar aquí los orígenes alemanes del realismo, y su culminación francesa, en la obra de los esquizofrénicos Büchner y Maupassant). En estas dos formas de escritura, lo simbólico está completamente desconectado de lo real, y lo imaginario – como la consistencia del cuerpo de Reiser, un cuerpo que permanentemente iguala a la destitución absoluta de su apariencia personal – no llega nunca a entrar en juego.

 

En quinto lugar, y aquí de nuevo en relación con la posición irónica de Reiser fuera de los semblantes de lo social, una de las cosas llamativas de la novela es la forma en que, sabiéndolo o no, redobla esta ironía, primero, haciendo que la trayectoria de Reiser sea contada por un narrador con muchas ganas de extraer de ella un sentido práctico pedagógico y, segundo, haciendo que la inusual amistad de Reiser con su tocayo Philipp Reiser sea contada por este narrador. El narrador es un claro discípulo de los principios educativos de Rousseau, y no hace falta decir mucho más sobre la ironía que supone aplicar estos principios, ellos mismos formulados bajo los auspicios de la paranoia, al ‘caso’ de Reiser. (Aquí también podría surgir la acuciante cuestión sobre la relación entre la historia de la vida de Reiser y la del propio Moritz, pero esto excede los límites de esta breve contribución). La amistad de Reiser con Philipp Reiser es la fuente principal de lo que el libro tiene que decirnos sobre la no elección de sexo del esquizofrénico. Llegado el momento en que Anton conoce a Philipp ya está claro lo que no está en juego para él, puesto que cuando le advierte una de sus muchas caseras, al inicio de la pubertad, sobre los riegos de ciertos deseos y lujurias, ‘por suerte, Reiser no comprendió lo que ella quería decir’. El segundo Reiser le cuenta al primero sus encuentros convencionales con el sexo opuesto y se da de bruces – en un pasaje que merece la pena citar completamente – con una incomprensión equivalente:

 

Reiser no sentía el menor interés por todo aquello, pues nunca se había propuesto conquistar el amor de un muchacha, ya que le parecía completamente imposible que, dado su mal atuendo y el desprecio que todos sentían por él, tuviera éxito en una empresa de ese género. Pues así como pensaba que el desprecio de que era objeto su espíritu era en cierto modo una parte integrante de sí mismo, así también pensaba que su pobre vestimenta era parte integrante de su cuerpo, el cual le resultaba tan poco amble como poco estimable le parecía su espíritu. En resumen, que una mujer llegara a sentir amor por él le parecía la idea más disparatada del mundo. Pues los héroes que las mujeres amaban en las novelas y obras de teatro que leía, él los había idealizado hasta tal punto que, en su opinión, jamás podría competir con ellos. Por eso las historias de amor propiamente dichas le parecían aburridísimas, y lo más aburrido de todo eran las aventuras amorosas que le contaba su amigo Philipp Reiser y que él escuchaba muchas veces sólo por complacerle. Hay que decir que los relatos de su amigo tendían siempre a lo novelesco. Todo el proceso, desde el primer amistoso apretón de manos hasta la mutua declaración de amor, con todas las incertidumbres, angustias y lentos progresos que mediaban entre ambos actos, seguía el curso prescrito en las novelas, y lo que Anton había pasado totalmente por alto en las novelas o sólo había leído por encima, ahora tenía que oírselo contar prolijamente a su amigo. Por eso, la idea de que él no sufría por un amor sin esperanza sino por cosas muy distintas, era el comienzo más natural en una poesía dirigida a Philipp Reiser. Lo que le agobiaba eran sus incertidumbres y temores relativos a su angustiosa e inútil existencia.

 

La ironía esquizofrénica despliega aquí su naturaleza verdaderamente ‘infernal’ dentro del campo sexual. Desde la perspectiva de un agujero de la no existencia de la relación sexual que de ninguna manera puede ser negociado, cualquier intento de tal negociación aparece, así de simplemente, como una broma estéril.

 

En sexto y último lugar, Anton Reiser acaba, en un après-coup extraordinario, con la culminación de esta ironía. Justo cuando piensa Reiser que sus sueños del teatro podrían por fin realizarse, descubre, para su desesperación, que está perdiendo el pelo. Cuando se pone una peluca, cuando peina su pelo hacia atrás por encima de ella, y cuando empolva abundantemente ambos pelo y peluca, puede hacer una especie de retorno a la sociedad humana. Pero el texto de la novela (y podríamos preguntar ¿quién está aquí hablando, Reiser, el narrador o Moritz?) implícitamente iguala esta sociedad con una peluca mal hecha. Un conocido de Reiser confirma esta sospecha cuando, delante de él, ‘y no sin razón añadiendo una pequeña ironía’, le dice a su hijita que en el futuro oirá resonar por toda Alemania el nombre del famoso actor Reiser. ‘Tampoco esa ironía, dicha sin mala intención, surtió efecto alguno en Reiser’, se nos dice. Otro tipo de ironía, sin embargo, se le abre. Cuando llega a Leipzig para conocer a sus futuros colegas, los miembros de una compañía de teatro, averigua que su ‘digno director’ –¡otro padre! – ha vendido todas las propiedades y se ha dado a la fuga con el dinero. La compañía está ‘deprimida’, pero Reiser encuentra esta noticia ‘consoladora’, puesto que ahora pertenece, o no pertenece, a ‘un rebaño disperso’. Antes en la novela se nos informa que Reiser – como Joyce según Lacan – consiguió, deviniendo viajero (Reiser en alemán), convertir su nombre propio en un nombre común. Un viajero, o viajeros, entre un rebaño disperso; ¿acaso no hay mejor designación para una ‘clínica universal del delirio’?

Howard Rouse.

Bibliografía

 

Miller, J-A., ‘Ironía’, Consecuencias: Revista digital de psicoanálisis, arte y pensamiento, Nº 7, noviembre 2011.

 

Moritz, K. P., Anton Reiser, Valencia: Pre-textos, 1998.