Del goce real al goce normal. Referencias bibliográficas de Lacan. Seminarios 7 al 11 – Tiresias

Del goce real al goce normal. Referencias bibliográficas de Lacan. Seminarios 7 al 11

En lo que J.-A. Miller nombra como tercer paradigma del goce, este aparece en una nueva dimensión. En el Seminario de Lacan La ética del psicoanálisis, el goce es asignado a lo real, en tanto la satisfacción pulsional queda por fuera de lo simbolizado. La defensa designa ahora una orientación primera del ser, previa incluso a que se formulen las condiciones de la represión como tal. Se trata de un periodo de la enseñanza en el que se produce una profunda disyunción entre el significante y el goce. La libido aparece fuera de todo significante y significado, siendo el principio del placer, la homeostasis, una barrera al goce y sus excesos. Y el síntoma es atribuido a la defensa, al carácter estructuralmente inarmónico de la relación con el goce.

En una trayectoria inversa, nos encontramos en el cuarto paradigma con una nueva alianza, una articulación entre lo simbólico y el goce. Así, en el Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, el goce aparece fragmentado en objetos a, a los que se accede por la pulsión en su trayecto de ida y vuelta. El mecanismo de alienación y separación articula el simbolismo y el goce, para mostrar que el goce se inserta en el funcionamiento significante.

En este cuarto paradigma, la estructura del sujeto y la del goce se superponen, siendo que a la falta-en-ser propia del primero, se impone una definición de la pulsión que incluye una hiancia. Se trata de una comunidad de estructura entre el inconsciente simbólico y el funcionamiento de la pulsión, siendo el primero estructurado de la misma manera que un una zona erógena, en tanto borde que se abre y se cierra. Y la libido aparece como órgano, objeto perdido, en tanto pérdida natural, independiente del significante, viniendo la pulsión a colmar esta pérdida. Este paradigma extrae a como elemento de goce, sustancial como tal, que comparte la estructura elemental con el significante; pero, por otro lado, siendo el objeto a sustancial, el significante es material. Es lo que diferencia el objeto del significante.

 

El Seminario, Libro 7, La Ética del Psicoanálisis (1959–1960), Paidós, Buenos Aires, 1988. Gemma Ribera Ureña (Tarragona)

“Las técnicas en juego en el amor cortés –son lo bastante precisas como para permitirnos entrever lo que, dado el caso, podría ocurrir de hecho en lo que respecta al orden sexual en sentido estricto, en la inspiración de este erotismo- son técnicas de la circunspección, de la suspensión, del amor interruptus.” (p. 186)

“Ahora bien, la paradoja de lo que se puede denominar, desde la perspectiva del principio del placer, el efecto del Vorlust, de los placeres preliminares, es que justamente subsisten en oposición a la dirección del principio del placer. En la medida en que se sostiene el placer de desear, es decir, en todo su rigor, el placer de experimentar un displacer, puede hablarse de la valorización sexual de los estados preliminares del acto del amor.” (p. 187)

“No ver que la sexualidad está allí, en el niño pequeño, desde el origen e incluso mucho más durante la fase que precede al período de latencia, es internarse en dirección contraria a toda la aspiración y el descubrimiento freudianos. Si se ha insistido tanto sobre las fuentes pregenitales de la sublimación es precisamente por esta razón. El problema de la sublimación se platea mucho antes del momento en que se vuelve clara, patente, accesible a nivel de la conciencia de la división entre las metas de la libido y las metas del yo.” (p. 193)

“El cambio de objeto no hace desaparecer, lejos de ello, el objeto sexual –el objeto sexual, acentuado como tal, puede nacer en la sublimación. El juego sexual más crudo puede ser el objeto de una poesía, sin que ésta pierda sin embargo su mirada sublimante.” (p. 197)

“Cuando se avanza en dirección a ese vacío central, en tanto que, hasta el presente, el acceso al goce se nos presenta de esta forma, el cuerpo del prójimo se fragmenta.” (p. 244)

 

El Seminario, Libro 8, La Transferencia (1960-1961), Paidós, Buenos Aires, 2003. Catherine Galaman (Tarragona)

 

“El hombre que se interroga, no sobre su lugar, sino sobre su identidad, no debe orientarse en el interior de un recinto limitado que sería su cuerpo, sino en lo real total y bruto con que se enfrenta. No nos escapamos de esta ley cuyo resultado es que siempre deberemos situarnos en el punto preciso de esa delineación de lo real en que consiste el progreso de la ciencia.” (p. 91)

“Esto concierne en primer lugar a las paradojas de la situación del niño, a saber, que en él se trata de un deseo todavía frágil, incierto, prematuro, anticipado. Pero esta observación nos enmascara a fin de cuentas lo que está en juego –es simplemente la realidad del deseo sexual a la cual no está adaptada, por así decir, la organización psíquica en tanto que es psíquica, y ello en cualquiera de sus niveles. Porque el órgano sólo se aborda transformado en significante y, para ser transformado en significante, es cortado.” (p. 264)

“La relación innombrada -por innombrable, por indecible– del sujeto con el significante puro del deseo se  proyecta en el órgano localizable, preciso, situable en alguna parte en el conjunto del edificio corporal. De ahí el conflicto propiamente imaginario consistente en verse a sí mismo como privado, o no privado, de este apéndice. Es alrededor de este punto imaginario donde se elaboran los efectos sintomáticos del complejo de castración.” (p. 279)

“Tal es también, en nuestra elaboración del espejo, la función que desempeña de una manera determinada la imagen del sujeto. Cuando llega a percibir esta imagen, de pronto se le propone ahí algo que no se limita a recibir la visión de una imagen en la que se reconozca. Esa imagen se presenta ya como una Urbild ideal, algo que al mismo tiempo va hacia delante y hacia atrás –algo de siempre, algo que subsiste de por sí, algo frente a lo cual él percibe sus propias fisuras de ser prematuro y se experimenta a sí mismo como todavía insuficientemente coordinado como para responder a una totalidad.” (p. 391)

“Es mi vieja temática del estadio del espejo, en la que veo una referencia ejemplar, altamente significativa. Nos permite presentificar los puntos clave –o los puntos-encrucijada– y concebir la renovación de esta posibilidad siempre abierta para el sujeto de un autoquebramiento, un autodesgarramiento, una automordedura, frente a lo que es al mismo tiempo él y otro. Hay una cierta dimensión de conflicto, que no tiene más solución que un o bien…, o bien… Es preciso, o bien tolerar al otro como una imagen insoportable que lo enajena de sí mismo, o bien quebrarla inmediatamente, derribarla, anular esa posición de ahí enfrente con el fin de conservar lo que es en este momento centro y pulsión de su ser, evocado por la imagen del otro, ya sea especular o encarnada. El vínculo de la imagen con la agresividad es aquí completamente articulable.” (p. 391)

“De este Otro, en la medida en que el niño frente al espejo se vuelve hacia él, ¿qué puede llegarle? Nosotros decimos que no puede llegarle sino el signo imagen de a, esa imagen especular, deseable y destructiva al mismo tiempo, efectivamente deseada o no. He aquí lo que ocurre con aquel hacia quien el sujeto se vuelve, en el lugar mismo donde en ese momento se identifica, en la medida en que sostiene su identificación con la imagen especular.” (p. 393)

“Esta mirada del Otro, debemos concebir que se interioriza mediante un signo. Con esto basta. Ein einziger Zug. No hay necesidad de todo un campo de organización y de una introyección masiva. Este punto de I mayúscula del rasgo único, ese signo del asentimiento del Otro, de la elección de amor, sobre el cual el sujeto puede operar, se encuentra ahí en algún lugar y se ajusta al desarrollo del juego del espejo. Basta con que el sujeto llegue a coincidir con él en su relación con el Otro, para que este pequeño signo, este einziger Zug, se encuentre a su disposición.” (p. 395)

“… el ser hablante es esencialmente la falta en ser de cierta relación con el discurso (…) Esta falta en ser, el sujeto sólo puede colmarla, ya se lo indiqué, mediante una acción que, como ustedes pueden percibir mejor en el contexto de este paralelismo, adquiere muy fácilmente, quizás siempre de forma radical, un carácter de huida hacia delante.” (p. 409)

 

El Seminario, Libro 10, La Angustia (1962-1963), Paidós, Buenos Aires, 2006. Gabriela Galarraga

“En el perverso, las cosas están, por así decir, en su sitio. El a se encuentra allí donde el sujeto no puede verlo, y el S tachado está en su lugar. (…) el sujeto perverso (…) se ofrece lealmente al goce del Otro.” (p. 60)

“Ya he señalado una carencia en la investigación científica al decir que no habíamos hecho dar un solo paso a la cuestión fisiológica de la sexualidad femenina. Podemos acusarnos de la misma falla en lo referente a la impotencia masculina.” (p. 103)

“… voy a servirme del fetiche en cuanto tal, pues en él se devela la dimensión del objeto como causa del deseo. ¿Qué es lo que se desea? No es el zapatito, ni el seno, ni ninguna otra cosa en la que encarnen ustedes el fetiche. El fetiche causa el deseo. El deseo, por su parte, va a agarrarse donde puede. (…) para el fetichista es preciso que el fetiche esté ahí. El fetiche es la condición en la que se sostiene su deseo.” (p. 116)

“El deseo sádico, con todo lo que tiene de enigma, sólo es articulable a partir de la esquicia, la disociación, que apunta a introducir en el sujeto, el otro, imponiéndole hasta cierto límite algo imposible de tolerar -el límite exacto en que aparece en el sujeto una división, una hiancia, entre su existencia de sujeto y lo que soporta, lo que puede sufrir en su cuerpo.” (p. 117)

“…reconocerse como objeto de deseo, en el sentido en que yo lo articulo, es siempre masoquista.” (p. 118)

“Cuando el deseo y la ley se encuentran juntos, lo que el masoquista pretende hacer manifiesto (…) es que el deseo del Otro hace la ley. (…) Es que el propio masoquista aparece en la función que yo llamaría de deyecto. Es nuestro objeto a, pero bajo la apariencia de lo deyectado, echado a los perros, a los despojos, a la basura, al desecho del objeto común, a falta de poder ponerlo en alguna otra parte.” (p. 120)

“Creo que les he mostrado aquí el juego de ocultación mediante el cual, en el sádico y en el masoquista, angustia y objeto se ven llevados a ocupar el primer plano, un término a expensas del otro.” (p. 180)

“En cuanto al orgasmo, hay una relación esencial con la función que definimos como la caída de lo más real del sujeto.” (p. 183)

“… el masoquista se dirige a la angustia del Otro. Esto es lo que permitirá desbaratar la maniobra. (…) Lo patente es que el sádico busca la angustia del Otro. Lo que aquí se enmascara de este modo es el goce del Otro.” (p. 192)

“Acerca de un tema siempre tan delicado como el de las relaciones entre el hombre y la mujer (…) este malentendido es estructural. Sin embargo, (…) hablar de malentendido no equivale en absoluto a hablar de fracaso necesario.” (p. 194)

“Toda exigencia de a en la vía de esa empresa del encuentro con la mujer -a que he adoptado la perspectiva androcéntrica- no puede sino desencadenar la angustia del Otro, precisamente porque no hago de él más que a, porque mi deseo lo aíza, por así decir. Es ciertamente por eso por lo que el amor-sublimación permite al goce condescender al deseo.” (p. 195)

“… si la mujer suscita mi angustia, es en la medida en que quiere mi goce, o sea, gozar de mí. (…) no hay deseo realizable que no implique la castración. En la medida en que se trata de goce, o sea, que ella va a por mi ser, la mujer sólo puede alcanzarlo castrándome.” (p. 196)

“La mujer demuestra ser superior en el domino del goce, porque su vínculo con el nudo del deseo es mucho más laxo.” (p. 200)

“Ella se tienta tentando al Otro (…) Es el deseo del Otro lo que le interesa.” (p. 207)

“El masoquismo femenino es un fantasma masculino.” (p. 207)

“… la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre.” (p. 208)

(En referencia al Die Don Juan Gestalt de Rank, “libro execrable”): “Don Juan es un sueño femenino.” (p. 209)

“En la mujer, es inicialmente lo que ella no tiene lo que constituye al principio el objeto de su deseo, mientras que, en el caso del hombre es lo que él no es y en qué punto desfallece.” (p. 219)

“… en el vínculo homosexual es la castración lo que está en juego. El homosexual asume esta castración. El objeto del juego (juego a que quien pierde gana) es el (-φ), y si gana es en la medida en que pierde.” (p. 221)

“Si se puede decir que el goce del hombre y el de la mujer no se conjugan orgánicamente, es porque el hombre no llevará nunca hasta ese punto el extremo de su deseo. En la medida en que el deseo del hombre fracasa, la mujer se ve llevada (…) a la idea de tener el órgano del hombre, como si fuera un verdadero amboceptor, y esto es lo que se llama el falo. Al no realizar el falo, salvo en su evanescencia, el encuentro de los deseos, se convierte en el lugar común de la angustia.” (p. 287)

“El falo es lo que, para cada uno, cuando es alcanzado, precisamente lo aliena del otro.” (p. 290)

“Que el falo no se encuentra allí donde se lo espera, allí donde se lo exige, o sea, en el plano de la mediación genital, esto es lo que explica que la angustia sea la verdad de la sexualidad.” (p. 291)

“… el hecho de que el deseo macho encuentre su propia caída antes de la entrada en el goce de la pareja femenina, e incluso el hecho de que el goce de la mujer se aplaste (…) en la nostalgia fálica, implica que la mujer se ve exigida, diría que casi condenada, a no amar al Otro macho más que en un punto situado más allá de aquello que la detiene a ella también en cuanto deseo, que es el falo.” (p. 327)

“El Otro macho no es el Otro en tanto que se trataría de estar unido al Otro. El goce de la mujer está en ella misma. No se une con el Otro.” (p. 328)

“Debido a la propia estructura evocada, el hombre sólo está en la mujer por delegación de su presencia, bajo la forma de ese órgano caduco, órgano del que es fundamentalmente castrado en la relación sexual y por la relación sexual.” (p. 328)

“Hablar aquí de don no es sino metáfora. Es demasiado evidente que el macho no da nada. La mujer tampoco. Y sin embargo, el símbolo del don es esencial en la relación con el Otro.” (p. 328)

 

El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, (1964), Paidós, Buenos Aires, 1990. Gemma Ribera Ureña (Tarragona)

“La existencia, gracias a la división sexual, se basa en la copulación, acentuada en dos polos que la tradición secular se empeña en caracterizar como polo macho y polo hembra. Y en esto radica la reproducción. Desde siempre, en torno a esa realidad fundamental se han agrupado, armonizado, otras características más o menos ligadas a la finalidad de la reproducción. Aquí sólo puedo indicar de pasada lo que se asocia en el registro biológico con la diferenciación sexual, en forma de características y funciones sexuales secundarias. Hoy sabemos cómo, sobre este terreno, se fundó en la sociedad una repartición muy compleja de las funciones según un juego de alternancias. El estructuralismo moderno ha logrado precisarlo al mostrar que los intercambios fundamentales ocurren en el plano de la alianza, opuesto al de la generación natural, al del linaje biológico, es decir, en el plano del significante. Y allí, justamente encontramos las estructuras más elementales del funcionamiento social, estructuras que han de inscribirse en términos de combinatoria. La integración de esa combinatoria a la realidad sexual suscita la pregunta de si será ésa la vía por la que llegó al mundo, al mundo del hombre, el significante.” (p. 156-7)

“… en lo referente a la instancia de la sexualidad, la situación es la misma para todos los sujetos, así sean niños o adultos –todos se enfrentan sólo con la sexualidad que pasa por las redes de la constitución subjetiva, las redes del significante- la sexualidad sólo se realiza mediante la operación de las pulsiones en la medida que son pulsiones parciales, parciales respecto de la finalidad biológica de la sexualidad.” (p. 184)

“Ya ven cómo la pulsión genital tiene que ir a que la conformen en el lado derecho, en el campo del Otro”. (p. 196)

“Nunca, en ninguna parte, Freud sostiene que, psicológicamente, haya otra manera de captar la relación masculino-femenino que no sea por el representante de la oposición actividad-pasividad.” (p. 199)

“Ahora nos queda (…) mostrar que la sexualidad como tal hace acto de presencia, ejerce su actividad propia, por intermedio de las pulsiones parciales, aunque eso parezca  paradójico.” (p. 201)

“En el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra.” (p. 212)

“… las vías de lo que hay que hacer como hombre o como mujer pertenecen enteramente al drama, a la trama, que se sitúa en el campo del Otro –el Edipo es propiamente eso.” (p. 212)

“La sexualidad se instaura en el campo del sujeto por la vía de la falta.” (p. 212)

“La falta real es lo que pierde el ser viviente, de su porción de viviente, por reproducirse por la vía sexuada. Esa falta es real porque remite a algo real –que el ser viviente, por estar sujeto al sexo, queda sometido a la muerte individual.” (p. 213)

“La experiencia analítica sustituye esta representación mítica del misterio del amor por la búsqueda que hace el sujeto, no del complemento sexual, sino de esa parte de sí mismo, para siempre perdida, que se constituye por el hecho de que no es más que un ser viviente sexuado, que ya no es inmortal.” (p. 213)

Laura Canedo. Miembro ELP y AMP. Barcelona.