El primer tiempo de la sexuación – Tiresias

El primer tiempo de la sexuación

El análisis de un niño de cuatro años me permitió pensar en detalle un momento subjetivo que habitualmente queda velado por la amnesia: el primer tiempo de la sexuación.

Entiendo que un primer momento, en un cuerpo mortificado por el lenguaje, sería el de la construcción de la imagen del cuerpo, para dar paso posteriormente, a la necesaria inscripción de género. Reconocerse como varón o niña, sería un paso indispensable pero insuficiente por si solo, para permitir la emergencia de una primaria elección de objeto por fuera de la constelación edípica. Es lo que intentaré situar a continuación.

En un segundo tiempo, sobrevendría la elección de objeto del adolescente (cada vez más, pre-adolescente) que pone a prueba la fase anterior. La retroacción funcionaría aquí de manera determinante y análoga al mecanismo de la formación del síntoma.

Por último, en un tercer momento, las contingencias de esos encuentros con los partenaires elegidos, confirmarían o cuestionarían, los dos tiempos anteriores.

A Luis se le escapaba la caca. La retirada del pañal había sido dificultosa a los tres años. Si bien había conseguido defecar en el wáter, a lo largo del día y sin avisar, se iba ensuciando, como si se le escapara de tanto retener.

En nuestros primeros encuentros mostró como, la desregulación de su goce anal era síntoma de una mayor dificultad, la de ser él, el objeto condensador del goce materno. El padre, que intervenía infructuosamente en esa relación pudo, sin embargo, transmitir a su hijo un significante privilegiado: el automovilismo, afición que compartían.

En ese contexto, apareció la primera representación gráfica que hizo Luis de si mismo: él, junto a un coche de carrera. En esa imagen se podía ver la asexuación lógica de momento subjetivo: era la representación completa de un cuerpo sin rasgos propios de diferenciación, más allá del escenario ‘del motor’ en el que estaba inserto.

El tratamiento analítico se sostuvo durante un tiempo en un juego repetido: las carreras de coches. Competir con ellos, dio consistencia a los emblemas de identificación imaginaria que el automovilismo le aportaba al niño: una representación de la escudería de su elección; el consentimiento a la reglamentación y la posibilidad de poner a prueba su envoltura corporal, socializándose con otros varones.

En una secuencia espaciada surgieron dos dibujos: ‘el escudo de Luis’ y ‘el caballero Luis delante de la bandera de Ferrari’ . El primero era la representación de su escudería propia, no ya la que había preferido hasta ese momento sino la de él mismo. En el segundo dibujo, el escudo había dado lugar a otro uso; la metáfora del caballero. Imaginario y simbólico en un semblante de cuerpo masculino del que ya se valía.

Pero esa imagen del cuerpo masculino estaba excedida de pulsión. Faltaba aún velar ese real mediante la libidinización de los objetos a y la sustracción de goce, lo que tuvo un efecto inmediato.

Los ‘escapes’ comenzaron a contenerse mientras los dibujos se enmarcaban de manera contundente: números, letras, rayajos, él mismo, el contorno de su mano, una isla, pilotos de coches, un muñeco; todos quedaban contorneados en marcos irregulares, más o menos rectangulares. Se iniciaba la constitución del fantasma, posibilitado también porque de manera simultánea, en lo simbólico, Luis empezó a barrar al Otro transferencial en el juego del fort da.

Con una consecuencia clara: en el marco fantasmático que construía para sus dibujos, apareció otro par de opuestos: masculino- femenino. Una compañerita de colegio motivaba esta serie: “Luis y Carmen”; “Luis y Carmen y una carrera de coches”; “Luis, Carmen y una casa”; “Luis y Carmen y un corazón y una flor”.

Primero entonces, hubo una construcción de la imagen del cuerpo, única e idéntica para los dos sexos al tratarse de una misma libido; tal como decía Freud y como aparece en el primer dibujo.

Luego, gracias a un rasgo de identificación edípico, Luis se inscribió como varón pero desde la imagen idealizada que aporta el género.

No fue hasta la constitución fantasmática, que pudo hacer surgir la representación del sexo opuesto. Diferenciándose del Otro, se diferenció también del Otro sexo e inició un tratamiento fálico de la pulsión con el que pudo dirigirse a su objeto en el fantasma, en un bello ensayo de condescendencia hacia el amor, en los corazones y flores.

Destaco tres enseñanzas del caso: que la identificación de género antecede a la diferenciación; que la diferenciación es posterior o al menos, contemporánea al fantasma; y que aquello que dio el tinte al objeto a, de una significación sexual para el sujeto, fue recién el tratamiento fálico que permitió el velo fantasmático. Hasta que el fantasma no se constituyó, no hubo posibilidad de que el goce pudiera inscribir y poner a prueba la diferencia sexuada.

Para Luis, el camino hacia la sexuación está iniciado.

Lorena Oberlin Rippstein. Alicante